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Crónica completa de la tercera edición de Mad Cool Festival

El festival de música más explosivo de España ha acabado, pero no sin levantar polémica y entusiasmo a partes iguales en todos sus asistentes. Nuestra primera experiencia en el evento madrileño Mad Cool nos ha dejado con un muy buen sabor de boca por el evidente nivel cósmico de su cartel, con cabezas de la talla de Jack White, Nine Inch Nails o Pearl Jam y todas las bandas emergentes y veteranas que les acompañaron. Pero esta tercera edición sigue pecando de algunas “novatadas” que debemos mencionar, para impulsar a que el festival siga adelante cumpliendo muchas más ediciones visto el enorme bufet de talentos y rock and roll que posee. Nuestra invasión por Europa se va expandiendo y seguimos haciendo camino por los festivales más épicos de España, harán falta palabras para describir con totalidad lo que vivimos el 12, 13 y 14 de julio en Madrid, teniendo en cuenta que hace muy poco describimos los eventos que empaparon de música y alegría el Primavera Sound Festival.

El primer día, para mi sorpresa, descubrí lo que se convirtió pronto en un mensaje de protesta a gritos por parte del público: una organización nefasta en cuanto a las colas de entrada y el caos consecuente al momento de salir del recinto, una pesadilla insufrible dónde no hay medio de transporte alguno para escapar de un terreno vacío y árido; saturación para encontrar un taxi libre, líneas de tren cerradas y abarrotadas, Uber a precios astronómicos… Unos detalles que no jugaron a favor de la organización del festival, dónde las cartas estaban en juego para un primer día de presentación que desató un nivel de caos desafortunado, y acabó mancillando el propio nombre del festival en multitud de medios de comunicación. Confieso que fue una decepción por mi parte y una ruina absoluta no poder volver a casa ni entrar en el recinto a la hora prevista, pero hay que aplaudir la rápida evaluación y posterior corrección en los siguientes dos días. Las colas se habían dispersado significativamente y los taxis volvían a circular con normalidad. Un imprevisto que afectó muy negativamente al ambiente pero que siendo justos, se corrigió con relativa rapidez.

Una vez dicho lo que todos sabemos, la verdadera relevancia del festival se encuentra en su interior: nada más llegar pude disfrutar de los redobles finales del dúo británico Slaves, destilando en directo y bajo el sol abrasador su actitud punk desenfrenada y agresiva. Los diferentes y pegadizos riffs y ritmos en verso que recuerdan a los The Clash más poderosos dejaron un buen recuerdo y calentaron mi cuerpo para el siguiente show de Mr. E y su banda. Los Eels comenzaron puntuales dejando al público un poco confuso, con una versión de The Who (Out in The Street) y otra de Prince. Pero pronto sonó Bone Dry, una de las piezas más creativas de su último The Deconstruction, acompañadas de Today is the Day y You are the Shining Light. Su set fue veloz y algo apresurado, comprensible al tener que repasar una larga discografía en solo una hora, pero no fallaron a la hora de tocar grandes conocidas como Dog Faced Boy, My Beloved Monster y la pegadiza Novocaine for the Soul. Todo sacudido por la carismática y a veces irritante arrogancia de Mr. E, al pavonearse cansinamente con sus oscuras gafas sobre el escenario y bromeando con el resto de sus acompañantes. Finalizaron con un mashup final de canciones, entre ellas I like Birds, y se despidieron para dejarnos el espacio necesario para recuperar la rabia y la violencia que estaban a punto de desatar FIDLAR.

La fórmula de estas promesas del garage punk es desde luego infalible y lo demostraron conquistando a un público enloquecido desde su apertura con Alcohol y su furioso guitarreo siempre in crescendo. Les dio tiempo a presentar dos canciones nuevas a mitad de espectáculo, mientras regalaban pogos y desenfreno a los más fieles, que pudieron corear 40oz. On Repeat, No Wave o Cheap Beer como si no hubiera un mañana. Desde luego aquí no perdí mi oportunidad de sudar y descargar toda mi rabia a base de golpes así como probar a sobrevivir sobre un crowdsurfing. Una vez sudé todas las cervezas y copas ingeridas y me empapé la ropa de muchas más, llegaba ya la hora de atardecer con el primer espectáculo en vivo desde hace un año de una de las mayores bandas de nuestro tiempo.

La gente se había acumulado y el sol desaparecía para que las pantallas ganasen fuerza y brillo en el momento en el que Kevin Parker y los suyos hicieron estallar los altavoces con Nangs y un seguido de hipnóticos y coloridos visuales. Tame Impala iluminaron el escenario nada más llegar, y después de su presentación, levantaron rápidamente la euforia de la masa con Let it Happen. El juego audiovisual resultaba una combinación necesaria para el regreso de estas leyendas contemporáneas. Rescataron sus grandes temas de psicodelia histérica con total libertad al momento de armarse con voz y guitarras para hacer estallar Apocalypse Dreams, Mind Mischief, Keep on Lying o Elephant. Aun así, resultó un poco decepcionante que después de un año de silencio volviesen para presentar Currents casi al completo, teniendo en cuenta que acaba de cumplir ya tres años, y que muchos de sus clásicos más queridos parecen haber pasado a la historia, a excepción de unas impecables Alter Ego y Why Won’t You Make Up Your Mind?. Pero hay un considerable cambio en su sonido que obligatoriamente navega sin rumbo entre su minimalismo sintético y su rock libre caleidoscópico. No hay nadie capaz de reprochar a los Australianos que su sonido tiene una presencia aplastante y que, sea cual sea su nuevo camino, sus canciones perdurarán siempre como hits atemporales, siendo composiciones precisas y perfectas desde cualquier ángulo. Tame Impala, vayan dónde vayan, se coronan como un referente de estilo y calidad musical, y consiguen meter al público en su bolsillo instantáneamente.

Después de la fatua batidora de emociones vividas, llegaba el gran momento que la mayoría de asistentes del Mad Cool 2018 esperaban y el motivo real para haber reservado las fuerzas. Camisetas rezando el título por doquier, fanáticos de todas las edades y mucha expectación avecinaban que era el momento de Pearl Jam. Las expectativas eran muy elevadas, en mi caso estar frente a un histórico grupo de grunge me hizo sentir algo ingenuo e insignificante, sensaciones encontradas entre nerviosismo y respeto. Al llegar Eddie Vedder todo el mundo parecía haber olvidado los primeros incidentes respecto a las colas y la ovación se extendió hasta el infinito. Un aura sobrevoló por encima de todos los asistentes y la fresca brisa suavizó el poco espacio vital que existía entre el público. Y sucedió lo que esperaba, delante de mis ojos se desató uno de los directos más potentes y legendarios nunca vistos. Las guitarras se entrelazaban y los coros ardían, gracias a legendarias que abrieron el espectáculo como Elderly Woman Behind the Counter in a Small Town, Given to Fly, Why Go… Destacando una calidad y potencia de sonido espectacular en absolutamente todos los rincones del escenario. La presencia de Vedder además acercó mucho más a todo el público hacia un ambiente cálido y familiar, chapurreando algo de español, gritando y dedicando sus canciones a la igualdad de género, color u orientación sexual, y elevando la música cómo arrollador método de expresión y libertad. Poco a poco la banda se fue soltando, los solos enfermos de guitarra se alargaban, la electricidad sacudía nuestra sangre y su sonido cada vez más libre y furioso, se desataba salvajemente ante los ojos de miles de fanáticos: Even Flow, Jeremy, Do The Evolution, Porch… Un repaso a toda su discografía durante unas fugaces dos horas emocionaron a todas las generaciones que estábamos presentes, reservando para un apoteósico final su rama más acústica y sensible para acabar con Alive y un aplaudido Rockin’ in The Free World de Neil Young.

Después de la gran catarsis dividí mi cuerpo entre Kasabian, siempre rompedores con sus hits electrónicos y pegadizos, y unos Justice muy inspirados, capaces de mezclar histéricamente de una manera pintoresca (como si Jackson Pollock estuviera a los platos) todos los temas de sus ya tres largos publicados. El dúo francés parecía haber modificado su sonido hacia nuevas rutas experimentales, ofreciendo como siempre un directo que invita al baile pasivo-agresivo. La larga y completa jornada la cerró MGMT presentando su nuevo Little Dark Age, un disco más pop y menos psicodélico a lo que nos tienen acostumbrados, con guiños al rock gótico (When You Die o Little Dark Age) pero en el que no faltaron clásicos como The Youth, Electric Feel, Time to Pretend, Kids o Weekend Wars, aunque tristemente no hubo rastro de su anterior y original disco homónimo. Aun así, quedó tiempo para escuchar varias de sus nuevas canciones, bailar viejos hits, y deleitarnos a los más acérrimos del dúo con su canción de cierre, Brian Eno, un complejo y colorido regalo para los fanáticos de la vieja escuela.

La segunda jornada del festival no pintaba mucho más tranquila que la primera, por lo que decidí disfrutar del atardecer con Kevin Morby y su City Music, junto a su banda algo eclipsada por el cartel ya presente en el escenario que rezaba MONKEYS, dando la bienvenida tempranamente a los monos árticos. Pero sin dejarse intimidar por la inminente llegada de los británicos, Morby supo captar un gran número de adeptos con su rock dulce con toques sureños que destilan 1234, I’ve Been to the Mountain o Harlem River. Morby cedió el turno a At the Drive-In, otro momento de placer tántrico para los que crecimos con el post hardcore más auténtico de los 2000. El rock pesado y las voces melódicas se fusionaban en lo que habría sido, hace una década, una orgía emo adolescente. Pero en ese momento se sentía la nostalgia a la vez que un talento atemporal que sigue vivo, y una sorprendente cantidad de audiencia bailando y meneando la melena hasta que sonó su ultimo himno One Armed Season, que anunciaba la despedida.

Mientras el sol desaparecía, sonaba el indie dulce y las melodias pop de Snow Patrol, un grupo hecho a la medida para aquellos que quieran relajarse y disfrutar de Chasing Cars sin mucho agobio. Pero quien puede renunciar al agobio si una de las leyendas vivas del nuevo garage y rock and roll tiene activa la cuenta atrás ya en pantalla, convirtiendo los minutos en desesperantes hora. Jack White llegó como un tornado junto a su banda, para arrollarnos con las más estridentes y furiosas seis cuerdas que jamás uno haya escuchado. Con maestría, supo presentar los temas más potentes de su último Boarding House Reach casi de una única tirada: Over and Over, Corporation, Why Walk a Dog? y Connected By Love, así como algunos (¿solo algunos y porqué no todos?) temas reconocibles de The White Stripes, para desgracia de los más fanáticos que habríamos disfrutado de dos horas de pura dinamita Stripe. Pero Jack White rescató grandes canciones como Black Math, Cannon, Hotel Yorba, We’re Going to be Friends, The Hardest Button to Button… todo ello sin rendirse a respirar. Como una bomba atómica expandiendo su sonido, siguió con temas propios, Dead Weather y The Raconteurs… consiguió plasmar casi todo su sello en un concierto fugaz que, en un parpadeo, ya sonaban las legendarias notas de Seven Nation Army. Así nos despedimos del prodigio del rock, echando de menos muchos, muchos, muchos temas más. Para la próxima White, quiero verte tres horas y en completa exclusiva. Te llamaré cuando llegue mi cumpleaños.

Aunque en nuestro paso por el Primavera Sound Festival ya pudimos gozar de los Arctic Monkeys, poder verles de nuevo en el Mad Cool fue una experiencia que me negué a desechar. El sonido resultó ser infinitamente superior y el placer de verles mucho más entregados y en forma me obligó a quedarme a lo largo de todo el concierto y no arrepentirme ni un solo segundo. Volvieron a repasar Tranquility Base Hotel and Casino con más carisma y precisión de lo que recordaba, con mucha presencia y clase en el escenario. Alex Turner parecía mucho más entregado y contento, y además, su barba y gafas oscuras de discográfico cocainómano ya no estaban y parecía haber recuperado algo de su look desenfrenado y juvenil. Su setlist, aunque con otro orden, fue bastante parecido, pero esta vez nos regalaron también el caos erótico que produce Crying Lightning, la sacudida de Teddy Picker y sus riffs machacantes; así como la clásica rompesuelas From the Ritz to the Rubble y su nueva Star Treatment. Un concierto digno, sobrio y violento, demostrando una síntesis entre géneros y evoluciones, una nueva fusión más perfeccionada de su sonido para presentarse ante el público y aclarar, por si todavía a alguien le quedaba alguna duda, Who The Fuck Are Arctic Monkeys?

La segunda polémica del festival se debió a la cancelación de Massive Attack al encontrarse en un escenario contaminado por la acústica retumbante de los vecinos Franz Ferdinand. Aunque se trata de otro fallo organizativo intolerable, no me vi muy afectado por la marea indignada ya que Black Pistol Fire hicieron estallar el escenario más pequeño con su mezcla de blues y garage. Al dueto no le hacía falta nada más que una batería histérica e imparable junto a una guitarra eléctrica y punzante al ritmo de las oscuras lagunas de New Orleans. Todo ello elevado gracias a la voz hipnótica de Kevin McKeown, unos estribillos adictivos y un espíritu desenfadado de rock and roll. Black Pistol Fire se coronaron tras una corta hora de concierto como una de las bandas más aplaudidas y alabadas tras su paso por el festival, aunque lamentablemente, la organización no les dejó regresar para tocar un último tema de despedida, aunque el público lo pidió durante largos minutos a pleno pulmón. El cierre de esta jornada quedó a cargo de la loquísima guerra de electrónica y rock pesado de The Bloody Beetroots, dando rienda suelta a la más violenta y catastrófica vena del punk de discoteca, ocultando sus caras bajo máscaras de Venom y haciendo estallar los beats mano a mano con los golpes de guitarra y los gritos desgarrados.

El último día hizo falta reponer y guardar toda la energía posible para la ronda final. Mientras Jack Johnson finalizaba con sus últimos acordes edulcorados, la orquesta introductoria de A Clockwork Orange anunciaba la llegada de otra legendaria banda que moría por descubrir su directo. Queens of the Stone Age arrancaron con mucha elegancia y propulsión su concierto nada menos que con If I Had a Tail como cañonazo de apertura. La pura esencia clásica del rock and roll y la imperante presencia de Joss Homme encendieron mi fanatismo y atraparon mi concentración desde el primer segundo y quedé no solo satisfecho sino también sorprendido, muy gratamente, por la enorme calidad de su sonido en directo. Los nuevos temas del último LP Villains sonaban rompedores y duros, en el mismo esquema que los temas de Like Clockwork, y rescatando los más icónicos de Song For the Deaf. Cuando llegó el himno popular de No One Knows y la batería se desplegó feroz con dos potentes solos, el estribillo se alargó un poco más de la cuenta cuando Homme, indignado la ver que el sitio frontal estaba medio vacío por la exclusividad de los VIP, decidió hacer un llamamiento a todos a saltar las vallas, entrar y tomar el lugar, expulsar a la vigilancia y seguridad, y entre todos pisotear el fascismo clasista de los festivales. Y prometió no seguir tocando hasta que todo el mundo estuviese dentro del área libre. Porque en un concierto de Queens of the Stone Age todo vale, todos somos iguales. En ese concierto celebramos la libertad y disfrutar alegremente de una hora de música de primera calidad, y los QOTSA lo saben y lo predican. Tras la acertada rebelión de Homme la banda siguió con el temazo stoner Burn the Witch, Domesticated Animals, los versos y aclamación general de Make it with Chu, y un final mucho más estrenduoso, violento y auténtico con Little Sister, Go With the Flow y A Song for the Dead para finalizar tumbando ridículos atrezzos bajo un mar de aplausos y agitación.

Tras la demostración de que el rock sigue vivo, todavía ético y salvaje, llegaron Depeche Mode. La banda, increíblemente en forma e inspirada, se lució con un directo acelerado, con momentos hipnóticos y dulces de cosecha propia, para enseñarnos a todos que la veterana banda de pop gótico sigue activa y dando lecciones sobre historia de la música, reservando para el final tres canciones inmortales imposibles de olvidar: Personal Jesus, Enjoy the Silence Can’t Get Enough. Después de que estas leyendas acabaran su concierto llego el turno de otro personaje digno de epopeyas bíblicas: Trent Reznor y sus amigos subieron al escenario principal para estallar con música e imágenes el declive de la raza humana en un viaje introspectivo entre las tinieblas del rock progresivo, industrial, o como quieras llamar al extraño e increíble producto electrónico que nace del sonido de Nine Inch Nails. Al que haya visto a la ya veterana banda en sus inicios podrá decir que no tenían pelos en la lengua y no se cortaban a la hora de dar un espectáculo violento y antisistema en condiciones. Pero los más jóvenes que por primera vez tenemos la oportunidad de escuchar esa música en vivo no necesitamos demasiados desfiles sobre el escenario, porque con tan solo escuchar la efervescencia que emanan temas como Shit Mirror, Piggy o Closer en directo es suficiente para quedar con los pantalones en el suelo. La potencia de Reznor y sus largas uñas iba creciendo por segundos y la tensión quedaba implícita en cada rasgueo furioso y en la oscuridad de su lírica. I’m Afraid of Americans, The Hand that Feeds y Head Like Hole llegaron juntas pasada la mitad del concierto y parecía que nunca tendría freno el desquicie vivido, anunciando que sin duda alguna ese sería uno de los directos más personales, imprevisibles y únicos que yo haya visto hasta el momento. Celebré aun así el final por poder cantar, no solo un himno atemporal, sino una de las canciones más bonitas jamás escritas: Hurt fue un adiós impecable a lo que fue toda una experiencia sensorial.

Se acercaba el final, pero no sin antes dar unos últimos machaques al cuerpo a los ya casi olvidados miembros proactivos y representantes del Garage Rock Revival, Jet, con su infalible Are You Gonna Be My Girl, pero sin pasar por alto otras obras mayores quizás no tan recordadas como Cold Hard Bitch, Rollover DJ y la apoteósica Rip it Up, que haría temblar al mismo Angus Young. El final del festival lo anunció la batuta de Underworld, con un set lleno de temas que beben del house y el tecno, bailables y divertidos. El productor creó un ambiente de pura libertad y baile que parecía avecinar una noche eterna. Pero llegó Born Slippy y todo el mundo sacudió las caderas por última vez en el Mad Cool Festival. Solamente hasta la próxima edición, que espero que los nombres y calidad musical sigan manteniendo el tremendo nivel, así como las mencionadas mejoras organizativas que el festival debería plantearse. ¿He mencionado ya que esta última jornada un autobús del festival quedó colgando desde un puente? Esperemos que progresen adecuadamente, nosotros seguimos valientes y emocionados, subidos al carro para el siguiente año.

 

 

 

 

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