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El primer avistamiento del poeta Halley: Love of Lesbian en El Plaza

Veredicto Joyride

8.3
Love of Lesbian decidió iniciar su nueva gira en nuestro país. Fuimos al encuentro del Poeta Halley y esto es lo que pasó en El Plaza.
Sonido 8.0
Ambiente 8.0
Repertorio 9.0

El interior de El Plaza estaba iluminado de azul asemejando el más claro de los cielos; de las noches, la más importante, al menos para los ahí presentes. Compraron entradas hasta agotarlas porque se anunciaba la primera aparición del poeta Halley, al parecer les había gustado lo que escucharon hablar de él en el nuevo álbum de Love of Lesbian.

Unas horas después de mediodía se formó una creciente fila, como si el boleto no les garantizara el acceso al recinto; no les importó el inclemente sol de primavera, mucho menos la contingencia. Ahí estaba, la inmensa minoría, como se refirieron a sus fans Santi (voz) y Julián (guitarra) veinticuatro horas antes en la entrevista que les hicieron en el programa Final de Partida.

Este fue el primer contacto que la tierra tuvo con Halley y nadie sabía cuál era su forma física. Apareció entre luces brillantes y estroboscópicas, que obligaban a entrecerrar los ojos para poder distinguir algo en el escenario. De haber habido humo, cualquiera podría decir que bajó de una nave; pero salió con rostros familiares y sonrientes.

Uno a uno, los integrantes de Love of Lesbian tomaron sus instrumentos y se apoderaron de un venue que pisaban por primera vez, pero con la confianza de quien se sabe bien recibido. El público demostró, cuando empezaron a sonar los sintetizadores de Cuando no me ves, que a tan sólo un par de meses de su estreno, ya se sabe las nuevas canciones.

 
A su vez, los barceloneses probaron su capacidad de memoria al tocar Maniobras de escapismo, del disco con el que dieron el salto a cantar en español y que significó el parteaguas en su carrera. Once años después, inician su nueva gira en México, porque así se lo propusieron al terminar de grabar su disco La noche eterna. Los días no vividos (2013).
 
Si bien los fans de John Boy ya bailan y cantan las del nuevo álbum, siguen siendo las de 1999 (O cómo generar incendios de nieve con una lupa enfocando a la luna) (2009) y Cuentos chinos para niños del Japón (2007) las que más corean, con las que más gritan, las que más sienten; cuando sonaron Allí donde solíamos gritar y Noches reversibles pudimos constatarlo.

Un ruido, leve pero constante, que se percibía en el sonido del lugar durante las primeras canciones fue superado por el público y la banda, que en explícita complicidad no dejaron que eso mermara el espectáculo. Contra lo que no pudieron fue con los molestísimos e inoportunos vendedores de cerveza que rompían a ratos con el ambiente que se entretejía al paso del setlist.
 
Luego de tocar una y otra vez las mismas canciones, suponemos, el grupo debe de sentir la necesidad de reinventar al menos una de ellas para dar un nuevo matiz a lo que algunos podrían llamar clásico. En una versión acústica, con una sola guitarra, interpretaron Segundo asalto. Acto seguido, tomaron un caballito de tequila y lo bebieron de golpe; costumbre que se llevaron a España y mantienen, dijeron, desde su primera visita a nuestro país.
 
En una de sus varias intervenciones entre canción y canción, Santi prometió que lo que no sonara esa noche, lo podrían escuchar cuando vuelvan, en noviembre, al Teatro Metropolitan y sin dudar asestaron cuatro de sus golpes fuertes: 1999, Oniria e Insomnia, Belice y Música de ascensores. Las cuales llevan a cuestas una carga importante de nostalgia y melancolía.

Pero como es su costumbre en directo, si bien no pueden evitar que se precipiten más de un par de ojos, inmediatamente cambian el ánimo del show y lo llevan al extremo anímico opuesto. Mientras Julián trataba de dirigirse al público, Santi robó la atención al desabrocharse la camisa y arrancó algunos gritos eufóricos previo a cantar I.M.T. (Incapacidad Moral Transitoria).
Antes del encore, el grupo demostró que no hizo una canción de casi diez minutos para que se quedara como anécdota. Sonó Psiconautas, que inclusive en su extenso puente musical resultó ser un éxito al que parecía imposible resistirse a saltar. Como un esfuerzo de los presentes por convertirse en partícipes y no simples espectadores.

Al ver esto, y cuando terminaban de interpretar Incendios de nieve, organizaron al público de tal manera que éstos fueran su coro entre sílabas y silbidos al compás. Algo que salió a pedir de boca, ya sea por haber visto el ritual en vídeos de conciertos pasados o por haber estado en alguno de los conciertos que dieron en México con anterioridad, los presentes sabían qué hacer y en qué momento.
Hasta que no dejó de sonar el sintetizador que cierra El ciclo lunar de Halley Star, nadie se movió, como a la espera de un truco más del poeta. Y con tanto o más ánimo con el que llegó, el público coreó su veredicto respecto al show: ¡FANTÁSTICO!
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