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El vinilo vuelve y yo tampoco sé por qué

Texto: Marc Ruíz Enciso│Corresponsal Joyride Europa
Fotos: José Luis García
 
Hace unas semanas se celebró en todo el mundo el Record Store Day, una fiesta dedicada a las tiendas de música independiente. Un día de celebración, reivindicación y facturación –en la mayoría de tiendas se vende más este día que cualquier otro, más incluso que en Navidad–. De momento, todo pinta bien. Este festejo ha servido, entre otras cosas, para confirmar de nuevo una tendencia que viene consagrándose desde hace un lustro. El vinilo ha vuelto. Ya sé que lo intuías, pero ha vuelto de verdad. En serio. Más de lo que crees. 
Cerca de 15 millones de vinilos se vendieron el año pasado en todo el mundo. Según la Recording Industry Association of America, en Estados Unidos se generaron 416 millones de dólares con la venta de vinilos, el mejor año desde 1988. En Europa, como suele pasar, los imitamos: en España, la demanda de vinilos ha subido más de un 80% desde 2012, y en Inglaterra el incremento fue del 101% en 2013 –con Arctic Monkeys a la cabeza del ranking de ventas–. Las fábricas no dan abasto ante la demanda que las saquea. Un dato revelador: estas Navidades, el tocadiscos fue el gadget más comprado en Amazon. Está claro que el vinilo, en cuanto a formas actuales de consumo musical, no hace tambalear lo más mínimo el reino del streaming, pero parece que ha dejado de ser un producto residual relegado a coleccionistas y mitómanos. Y las multinacionales ya lo saben.
¿Cómo puede ser? El vinilo, muerto y sepultado por casetes y CDs, caramelo de sibaritas, mártir de segunda mano, pieza de museo. ¿Cómo se explica su anacrónica vigencia en el feudo de internet? Imagino que todo se reduce a un melancólico fetichismo. Igual que el libro ante el e-book,  en un mundo tan digitalizado cada vez más somos los que reclamamos lo físico, lo tangible. Lo real. La pieza artesanal y el trabajo artístico. Y, para algunos, el sonido puro, el mejor audio posible. Menos música enlatada, la gente quiere comprar una experiencia y aislarse, aunque sea por unos momentos, de esta pantallocracia.
Quizás no sea tan romántico. Puede que sólo sea otro ciclo de la marea de la moda y poco tenga que ver con el encanto añejo de lo material. Ahora llevamos las Ray Ban de Bob Dylan, tomamos fotos con Polaroids, nos ponemos pantalones de pitillo y resucitan las pin up. Quizás solamente sea la sombra del vintage. Ahora, pues, escuchamos vinilos –o, al menos, los compramos–. En cualquier caso, este es un ejemplo de supervivencia digno de elogio. Y, sin duda, un síntoma positivo de la salud de la industria musical. En España, 20 negocios de discos se sumaron al Record Store Day de este año, pasando así de 40 a 60. Se publicaron y reeditaron temas inéditos o descatalogados. Afortunadamente, no sólo el vinilo está en auge. La música respira, aunque aún sea entre estertores.
Alguien me dijo que todos deberíamos tener la oportunidad de escuchar nuestro disco favorito en vinilo. Al menos una vez. Yo ya lo he hecho. Permítanse ese lujo.
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En 2011 escribí sobre Jack White e inició Joyride. Rocanrol y karatazos.