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#Joyread: ‘Algo tan trivial’ de Fausto Alzati Fernández

Título: Algo tan trivial
Autor: Fausto Alzati Fernández
Editorial: Festina
Año: 2015

Cualquiera puede contarte su experiencia o una anécdota con las drogas. Desde que si lo hacen cada vez que hay un concierto por el simple hecho de burlar la seguridad hasta los menos afortunados, que te van a decir el infierno en el que se tornaron sus vidas luego de volverse adictos. Pero Algo tan trivial va más allá.

No es por menospreciar las historias del diario pero no cualquiera podría hablar sobre las drogas de la forma en que lo hizo Fausto Alzati Fernández. Porque tiene dos grandes puntos a su favor: es poeta y logró poner de lado cualquier vicio.

Pero él lo dice desde la primera página: no se arrepiente de nada. Este libro no habría sido escrito de no haber pasado por todos esos escabrosos episodios. Más aún, no sería la persona que es hoy de no haberse inyectado los brazos, inhalado todo ese humo y tomado tantas pastillas.

Este libro está compuesto de nueve partes. Una por cada canción del álbum Violator (1990) de Depeche Mode, que es el hilo musical que conduce esta historia, misma que no tiene un orden preciso. Va y viene, como los pensamientos en la noche. O inmerso en un estado alterado de conciencia. Se empieza con algo en específico, llega un recuerdo relacionado con esa primera idea y se va, para luego volver al punto inicial. O terminar con algo completamente diferente. ¿Qué te estaba diciendo?

En el primero de estos apartados, el que pertenece a World In My Eyes, Fausto deja en claro sus motivos para escribir el relato y enseguida revisita el momento en el que parece haber tocado fondo. Un incendio, provocado por un toque mal apagado, consume el altar que le había hecho a toda clase de deidades religiosas y místicas dejándolo a su suerte ante el mundo. Sin más defensa que sus propios actos.

El segundo capítulo trata de las primeras veces: el momento en el que compró el casete de Violator y la primera vez que consumió una droga; específicamente, hachís. Pero cuando la mente descubre algo de ese calibre, es curiosa e impetuosa por dar el siguiente paso. Tanto con la música como con las sustancias. Inmediatamente habla de la ocasión en la que consumió veinte gotas de LSD y el viaje que le duró meses. Tan dulce, tan perfecto.

Parecerá irónico, pero no lo es en absoluto: este libro es un viaje. Los estacionamientos en los que tuvo encuentros casuales con mujeres, los inhóspitos centros de rehabilitación en los que estuvo internado, la isla en la que consumió hongos cuando no nadaba con tortugas y hasta los hoteles que lo cobijaron mientras estaba bajo los efectos de un alucinógeno. Todo esto mientras sonaba de fondo Waiting For The Night.

Al tiempo que suena el imponente primer instante de Personal Jesus habla del ritual que significa el hacer una transacción con el dealer: estar en el lugar y momento correctos, que no haya nadie alrededor y llevar suficiente dinero para una dosis. Como cuando se va a misa y, luego de una serie de meticulosas peticiones, coreografías y cantos se obtiene, según dicen, la paz.

Esta sensación podría estar resumida en el capítulo que musicaliza Enjoy The Silence, en el que queda claro que estar en silencio no es igual a tener paz. Pero el también tatuador obtuvo la segunda a través de la meditación.

En cien páginas están contenidos los demonios de un poeta con nombres de drogas fuertes; los muchos intentos que hizo para alejarse, sus recaídas y hasta sus apuntes sociopolíticos. Es un hombre viendo a los ojos a un monstruo mientras le extiende la mano. Cheers.

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