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#Joyread: ‘Y retiemble en sus centros la tierra’ de Gonzalo Celorio

Título: Y retiemble en sus centros la tierra
Autor: Gonzalo Celorio
Editorial: Tusquets
Año: 1999

No es poca cosa nacer, crecer y sobrevivir en esta ciudad. Aquí quien se aburre es porque quiere pues basta con echar a andar por una de sus calles para hacerse con una historia para contar, o una razón para brindar. Se le han ofrendado canciones, crónicas, cuentos y novelas, pero no hay como Y retiemble sus centros la tierra de Gonzalo Celorio. Te lo prometo.

Juan Manuel Barrientos está a punto de jubilarse, una vida dedicada a la cátedra en literatura está por terminar y sus alumnos le piden emprender un paseo por el Centro Histórico y sus cantinas para develar su riqueza arquitectónica e histórica con una regla de por medio: no tomar más de un trago en cada parada para evitar la confesión, el pleito y la reconciliación propias del alma embriagada. Pronto corrompe su propia disciplina, pide dos cervezas para curarse la cruda al de darse cuenta de que nadie va a llegar a la cita, y se ve obligado a pasar tiempo a solas, a cumplir con el viacrucis por su cuenta.

Celorio, el autor de esta novela, tiene un estilo rico en descripciones y abundante en humor. Así explica desde por qué el tequila y la cerveza conforman un dueto idóneo, hasta las razones filológicas que hacen que un himno como el nuestro -bélico, aguerrido y violento- tenga el desperfecto de ser tartamudo, pues los versos tienen diez sílabas cuando la música fue compuesta para versos de once. Un pasaje hilarante por donde se lea.

Con ese mismo ritmo lleva a Juan Manuel hasta una mesa del Bar Alfonso para comer como se debe: a la mesa y con cubiertos, aunque se recrimina por estar ahí solo, sin tener con quién comentar la sazón de la carne, la calidad del vino, mucho menos con quién brindar. Sólo Shakey Graves podía cantar a la desdicha que puede ser comer sin compañía.

El recorrido también hace paradas en los antros de Juan Manuel, quien, ensimismado, recuerda pasajes de su infancia y juventud. En el primero de ellos convergen su primera borrachera en Cuernavaca y el fallecimiento de su padre, de quien lamenta no haberse despedido. Tomar una última taza de café. Aunque al doctor Barrientos le hubiese gustado un bolero, yo te ofrezco una canción de Bob Dylan y otra de Thomas Dybdahl para estos pasajes.

No, las calles que camina el protagonista de esta historia no son las mismas que tú has recorrido. El tiempo no ha pasado en vano y algunos lugares han desaparecido por completo y para poder apreciar los que se mantienen en pie hay que abstraerlos de los cables y de los puestos que los opacan. Pero no vale la pena añorar tiempos que no nos correspondieron, y si alguien sabe qué significa crear a partir de la ciudad -y a pesar de ella- es Franco Genel, que hasta en una instrumental demuestra, al igual que Celorio, Barrientos y quien ahora escribe, que sí, que en esta ciudad somos lo que hacemos.

De entre los lugares que se niegan a perecer está El Canto de las Sirenas, en donde llega ya sin resaca, pero se regaña al recrear prácticas que son propias de los enamorados, se le olvida que va solo, que está solo. Es entonces que se convierte en la víctima de la peor de las sirenas: la soledad, que cuando se padece toma forma de la mujer a la que se ha querido, amado y deseado. Le pesa la ausencia cuando pide un Martini, una bebida hecha, como el champán, para brindar, seducir y enamorar.

Esta es apenas la mitad de la trama. De noche, la ciudad es otra. Quienes la caminan cuando se desmaya la luz, también. Barrientos también es otro luego del alba y entra a cantinas con menos categoría, hasta llegar a los bajos fondos. Donde cualquiera retiembla.

Sí, la música, la literatura y el alcohol están hermanados, todos al amparo de la ciudad.

Además, están para compartirse con quienes están, aun cuando han decidido no quedarse. Cheers.

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