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Frustración genialmente atractiva: reseña a ‘The Ooz’ de King Krule

Veredicto Joyride

8.6
La melancolía de 'The Ooz' está destinada a sonorizar miles de noches solitarias. La música de Marshall no ofrece respuestas fáciles, y el hombre nunca parece encontrar exactamente lo que está buscando. En el camino, sin embargo, deja un rastro de brillantez a su paso. Un montón de discos trascendentes nacieron de la insatisfacción, pero rara vez esa frustración sonaba tan atractiva.
Producción 7.9
Lírica 8.8
Instrumentación 9.0

No sé exactamente lo que vaya a definir la tercer década de mi vida. Tengo veintitantos años y mis highlights, hasta estos momentos de mi existencia, podrían ser un par de viajes, algunas relaciones y uno que otro suceso profesional. Digo esto porque cada que escucho la música de King Krule me pongo de buenas y al mismo me hundo en una curiosa tristeza y es que el tipo, con apenas 19 años en los hombros ya había lanzado un larga duración de locura, una buena cantidad de tracks y EP’s con difentes alias e incluso a sus 14 años había estado en audición para tocar en un Glastonbury. Al diablo con la edad.

Mentiría si les digo que no me carcome la envidia. Archy Marshall ya no es un crío, pero tampoco es un tipo mayor. Apenas hace unos meses cumplió 23 años y puede presumir de un ego indolente y desmesurado que le da la confianza para cruzar en su música tantos estilos e impulsos culturales se le antoje. Y es eso en definitiva lo que lo ha llevado a convertirse en un referente para la contracultura británica; no sólo para la música, ya que sus letras lo arrojan como un poeta contemporáneo, un cronista de la Londres de la desconexión, del neo nihilismo y de la dilución del futuro.

No es descabellado concluir que Archy Marsall es un hijo del punk, sobretodo cuando se escuchan 6 Feet Beneath the Moon y aquel primer EP homónimo. Su actitud agresiva y despreocupada engancha, pero también seduce ese aire cosmopolita que lo propone como un ávido consumidor de cultura. Es justo eso lo que lo llevó a escribir música, la necesidad de expresarse y de dar rienda suelta a lo que en él adopta condición de ideario. Se siente desde que se presentaba como Zoo Kid cuando apenas tenía 14 años e iba al instituto, se siente también en sus otros proyectos y colaboraciones. Palpita la necesidad de vomitar algo que llevaba creciendo en él como un veneno escondido en una Roland 8-Track.

Así pues, The Ooz se siente como una coartada catártica. El chico que relata lo que se vive en el ambiente de baretos y antros ingleses, de lo que se siente que la marihuana y el alcohol te abracen cuando tienes el corazón maltrecho. Marshall moldeó su voz de una forma especial, sí, no muy diferente a sus producciones anteriores, pero esta vez nos hace mirar de forma más recurrente al recuerdo de Tom Waits o Mick Jones… al ejercicio del crooner maldito. En sus 19 tracks se percibe una oscura evolución que parece encontró buen puerto luego de exhibir su primera crisis creativa en A New Place To Drown, un libro-disco de poesía urbana que escribió junto a su hermano.

Las atmósferas se sienten más jazz que nunca, aunque claro, la nebulosa paranóia del rock tampoco se esconde. Recuerdo haber leído a Krule contar en en una reciente entrevista que se crió rodeado de raperos. Es normal crecer así en un barrio del sudeste de Londres, una ciudad donde en esos años cocía su resurrección el grime, así que es lógico que lo integrara en su manera de ver la música. Con todo, Archy Marshall se ha confirmado como un excelente integrador. Se enamoró de una chica de Barcelona y se dejó llevar por el mensaje a través de Facebook de un tipo argentino que le instaba a ver el vídeo de un saxofonista que tocaba debajo de un puente en algún suburbio de la capital de la pérfida Albión, lo que le llevó a interesarse por el soul y por el jazz. Conoció la cultura de club fresa, pero también se empapó de la oscuridad de los bajo puentes de la Inglaterra más oscura. Todo ello resultado en una credencial que le permite rapear vestido de new romantic, con gabardina y tupé.

Regresemos al disco. Sobra decir que The Ooz es el disco más emocional y personal que ha creado Krule; deambula entre el frenesí del amor y la ansiosa capa oscura que siempre se menea arriba de un artista puro. Aunque tampoco se olvida de lo que le sucede a la sociedad, por ejemplo en The Locomotive, se fija en la soledad que se vive en las grandes urbes para después rematar en Cadet Limbo con la existencial pregunta “Has it been this long?”.

Podría decir que la de King Krule me parece una melancolía rosa. Si uno se fija en las letras de su nuevo álbum, la crudeza habla por sí sola; sin embargo, la música llega a colorear todo. Cada verso se deja seducir por los géneros con la suavidad con la que el humo danza ante la luz en la oscuridad. Un trip-hop pasa sin problemas a los brazos del indie rock y de ahí al r&b; luego regresa a la fiereza del hip hop y decide chorrear al darkwave con la pasividad del que lleva encima una buena fumada.

El grindeo por el post punk se hace presente en Slush Puppy siempre nublada por el vapor del jazz Una pausa llega en la parlante Bermondsey Bosom, donde Marshall ofrece algunos detalles concretos sobre su antigua relación. El amor roto no se frena pues en Czech One, recuerda la dificultades para olvidar a su ex amante (“You ask me what her name was called/ But I found it hard to write”). En Logos se exhibe magullado hasta el tuétano, murmura la división de dos personas (“Why I sing about her/ She’ll never know”) con un cansancio casi palpable.

The Ooz hace referencia desde el mismo título a todas esas cosas que dirigen a algo sucio pero a veces extrañamente agradable. Aclaro que el disco no siempre ofrece una escucha divertida –como probablemente puede ser 6 Feet Beneath the Moon– tanto por la efectividad de Marshall para comunicar su dolor como por su tendencia a evitar procesos más finos de postproducción. Incluso con tres o cuatro pistas de sobra, el álbum sigue siendo una escucha esencial: desorientador pero nunca aburrido, desalmado pero nunca hueco, la melancolía de The Ooz parece estar destinada a hacer sonar miles de noches solitarias y enviar a sus oyentes a un sueño onírico. La música de Marshall no ofrece respuestas fáciles, y el hombre nunca parece encontrar exactamente lo que está buscando. En el camino, sin embargo, deja un rastro de brillantez a su paso. Un montón de discos trascendentes nacieron de la insatisfacción, pero rara vez esa frustración sonaba tan atractiva.

 

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