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El placer es nuestro: Feist en el Teatro de la Ciudad

Reseña: Diegoberto
Imágenes: Daniel Patlán | @desde1989 | cortesía Arts & Crafts México

En su nuevo álbum, Leslie Feist ha capturado un cruda e introspectiva atmósfera que ciertamente va de la mano del placer, cuyo concepto compara con una manifestación que necesita de una gran concentración para poder verla materializada. En el primero de sus tres conciertos en el Teatro de la Ciudad para presentar el susodicho disco, la cantautora trasladó este ambiente e ideas a un formato en vivo que, sin lugar a dudas, resultó tan efectivo como conmovedor, una íntima velada en la que cada uno de los asistentes se llevó un pedacito de su alma.

En una época donde la interpretación de álbumes completos comienza a acaparar las presentaciones en vivo de actos con cierto recorrido en su haber, que Feist haya decidido hacerla de esta manera nada tiene que ver con esta tendencia. La ejecución de los 11 temas no es un capricho, sino más bien una imperiosa necesidad, una forma que tiene la artista para entregarnos un discurso muy personal que apela a sus sentimientos más honestos y a una serie de experiencias que han marcado su identidad en todos años en los que estuvo ausente. Por si fuera poco, al entrar el escenario, Feist anuncia que lo que sucederá a continuación es muy especial, pues se trata de uno de los primeros conciertos en mucho tiempo y con su banda actual, además de ser prácticamente el inicio de esta gira, el cual sabía que tenía que ser en nuestro país, mismo al que saluda envuelta en un lindo vestid color rosa mexicano que más tarde se conjugaría con las luces a su alrededor. La mesa estaba servida entonces para un sincero diálogo entre artista y público.

Las primeras notas de Pleasure nos dejaban en claro que la vibra del álbum homónimo efectivamente fue lograda en un entorno en vivo. El sonido lo-fi y la crudeza de su guitarra se hacían sentir en cada de unas de las butacas del teatro. El distintivo riff bluesero contrastaba notablemente con la aparente calma con la que todo comenzaba. “El placer no solo es mío, también es de ustedes”, aclaraba a los visiblemente emocionados fans que gritaban y le declaraban su amor desde cada rincón.

Por espacio de casi dos horas, Feist enamoró a sus seguidores con su dulce voz y la melancolía contenida en algunas de su canciones, principalmente de Pleasure, las cuales interpretaba exquisitamente, solo ella con su guitarra mientras un haz de luz caía diagonalmente sobre ella. En I Wish I Didn’t Miss You y Baby Be Simple, la intérprete derrochaba una sinceridad absoluta y nos mostraba su lado más afligido y frágil, el público dejaba ver su solidaridad y empatía con los más sentidos aplausos.

Hablando en todo momento con los que se encontraban con ella anoche, bromeando un poco e incluso tratando de hilar varias frases en español, idioma por el cual declaró su amor, Feist lograba una envidiable conexión. En distintos momentos invitaba a los fanáticos a que salieran de sus asientos, se acercaran o corearan sus devastadoras líneas. “You know I’d leave any party for you”, cantaba en Any Party para después instar a los demás a hacerlo con ella. La aparentemente amarga y desoladora frase que redondea el tema se hacía escuchar con un esperanzador aire que nutría la interpretación y que lograba dibujar una sonrisa en el rostro de los fans.

Claro que también hubo momentos de cierta intensidad, como en Century, donde Feist le pidió a todo el mundo que perdiera el control por unos instantes. Aplaudiendo al ritmo de las percusiones, esta rockeaba sin cesar, incluso mientras la solemne voz de Jarvis Cocker inundaba todo el recinto haciendo una puntual declaración sobre lo que realmente significa el tiempo.

Además de tocar todo Pleasure, la canadiense deleitó a sus seguidores con algunos viejos y memorables temas, como A Commotion, My Moon My Man y The Bad in Each Other, la cual presentó como una carta de amor a nuestro país y en la que tuvo que empezar nuevamente en un par de ocasiones tras algunas equivocaciones, un pequeño detalle que le ponía un más sabor a la velada.

El final también estuvo marcado por otro par de emotivos momentos. Después de tocar una conmovedora y devastadora versión de Let It Die y dejar el escenario, Feist volvía en solitario con sus canciones más famosas. Mushaboom, interpretada lenta y pacientemente solamente haciendo uso de su guitarra, era el preámbulo de un gran desenlace.

Entre una majestuosa ola de aplausos todo concluía con 1234, donde Feist, cual directora de orquesta, instruía al público para musicalizar su casi imprevista despedida, como si simplemente se tratara de una pausa, recurso del cual echó en mano también en su última producción, silencios tan abruptos como inesperados.

Feist hizo su esperado regreso a la escena no solo con un formidable disco que probablemente estará entre lo mejor del año, sino con una sólida narrativa de la que tuvimos el placer de ser parte en esta ocasión. Todo un deleite.

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