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Tomando vuelo: reseña a ‘Forever Overhead’ de Tim Baker

El folk-rock tomó vuelo alto desde hace algunos años. Figuras como Kurt Vile, Kevin Morby, Timber Timbre, Damien Jurado, Cass McCombs e incluso The War On Drugs son ejemplos de proyectos que han picado piedra hasta lograr colocarse en la parte alta de festivales y tener giras más que exitosas.

Tomando lo anterior como contexto, no nos extrañe que bandas novísimas como Big Thief, Whitney o Lomelda nombren a estos personajes como influencia directa de su trabajo.

En ese ir y venir de sonidos a madera y bosque, tendremos que colocar a un nuevo personaje. Tim Baker (mejor conocido por ser líder de Hey Rosetta!) acaba de estrenar un su álbum solista. La placa se llama Forever Overhead (Arts & Crafts México) y justo unas semanas antes del estreno, Baker nos preparó diciendo que su nueva producción “se trataría de una colección de canciones que profundiza en la afinidad y complicación de las conexiones humanas”. Al finalizar la escucha me di cuenta que la advertencia era real.

El disco abre con Dance, que fue una de las cartas de presentación de Tim de cara al estreno de su primer trabajo solitario. El track habla de las honestas intenciones de conectar con alguien a través de una danza de amor, acortar distancias y dejarse llevar por las cosas lindas que pueden encontrarse en el proceso. Sonoramente el tema de apertura también nos ofrece buena parte de la paleta de sonidos que encontraremos camino adelante: pianos amansadores, una guitarra eléctrica chillante y percusiones y bajos sencillos que acompañan de manera perfecta el suave tono vocal de Baker.

Spirit por su lado, nos habla de un ciclo destructivo donde una persona se hace vieja cometiendo los mismos errores. El aterrizaje en situaciones complejas, se extiende a Strange River, que nos pone como testigos en los cuestionamientos de un hombre a la vida y en algunas decisiones que ha tomado. No por nada este último track está inspirado en emociones de separación luego de que su madre se mudara a Toronto.

El disco fue producido por Marcus Paquin e integra en la instrumentación a algunos conocidos como Liam O’Neill (de Suuns) y Ben Whiteley (de The Weather Station), no sin olvidar a Mishka Stein y Joe Grass que nos han deleitado en varias producciones del gran Patrick Watson. La suma de influencias de estos proyectos me parece que se consolida en tracks como Pools y Two Mirrors, aunque claro también es innegable el talento nato de Tim que luce brillante en The Eighteen Hole y The Sound of the Machines que poseen letras lindísimas y están cargadas de sentimiento que conmueve.

La salida del disco se vislumbra. Después de un lapso de reflexión y hasta tristeza viviendo el baladas, Our Team y Don’t Let Me Go Yet hacen que miremos al optimismo de frente. La suma de metales, estribillos pegadizos y coros bastante animados nos acaban poniendo en una colina verde y soleada. No nos podemos ir cabizbajos.

“Siempre sentí el deseo de escribir sobre cosas que son realmente significativas para mí y también de una manera oblicua, hacer el bien. Si vas a dedicar toda tu vida a eso, creo que debería ser. Eso es más importante que tratar de ser cool o algo… y nunca he sido particularmente bueno en eso”, compartió Tim Baker en un comunicado reciente. La conclusión nuestra es muy similar; el disco transpira honestidad en cada nota y sílaba, además reafirma los claroscuros de la vida. Cuestas arriba, valles y bajadas pronunciadas de las que somos rescatados. La vida misma, pues.

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En 2011 escribí sobre Jack White e inició Joyride. Rocanrol y karatazos.