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Russian Circles: Cátedra en el Salón Los Ángeles

Por Erick Román –> que toca la batería en Sadfields.

Concebir a Russian Circles como una banda de post-rock es difícil y es que éste término resulta bastante ambiguo y confuso. Veinte años después, deberíamos preguntarle a Simon Reynolds exactamente a qué se refería con él. Hoy, es usado para describir cualquier cosa que tenga un acorde menor o “atmosferas melancólicas”. Brian Cook, Dave Turncrantz y Mike Sullivan van un paso adelante a esto. O tal vez dos. Y ellos lo saben.

La cita es en el Salón Los Ángeles, lugar lo suficientemente mítico, antaño y despreocupado como para albergar un día a una banda del calibre de Russian Circles y, al siguiente, auspiciar un encuentro de baile musicalizado por la Sonorísima Santiaguera. Su estricta política de acoger a la mejor música en vivo, sea una orquesta o un trío, está siempre presente.

Bajan las luces. Una guitarra Gretsch asoma la cabeza. Sin nada de teatralidad, su dueño sube lentamente al escenario. Después de él, los tres miembros restantes de la banda mexicana Vyctoria aparecen.

Es la segunda vez que veo en vivo a Vyctoria (la primera fue hace algún tiempo en Colima 332 junto a Sunset Images y Has a Shadow) y, desde entonces, se han convertido para mí en un referente de profesionalismo musical. Su reciente tour por Latinoamérica lo reafirma. La manera en que la banda ejecuta es particular; sutil, pero nunca débil.

Su show comienza con una atmósfera llena de texturas y feedbacks que, poco a poco, suben hasta convertirse en un ente estruendoso y oscuro. Dinámicas que llevan de la mano por lo agobiante y, sin preguntar, te arrojan hacia un vórtice donde todo comienza a fluir y unirse. Pocas bandas saben narrar su música tan bien como ellos. Es una pena que su participación se vea interrumpida sin mayor antelación.

Los segundos teloneros de la noche son Apocalipsis, trío de sludge que radica en la Ciudad de México y que ya cuenta con tres materiales en su discografía. Una banda con dinámicas rápidas y concisas.

Desde el line check, ya hay una probada de lo que espera. Le ‘trepan’ a los amps y el bajista hace vibrar a los espectadores. La base de fans de Apocalipsis está muy bien cimentada; hay respuesta inmediata de su parte. Riffs en afinaciones bajas, baterías precisas, bajos llenos de dinámica y feel hacen temblar el piso de madera. “Es bueno que haya regresado Apocalipsis, hacía falta violencia”, dice uno de los asistentes.

Es el momento del acto estelar. Los oriundos de Chicago abren con “309”, canción proveniente de su álbum Empros. El público se cohesiona para presenciar y dejarse llevar. Buena decisión.

Las luces y estrobos que iluminan a los tres integrantes agregan un elemento etéreo al show. Cada músico demuestra maestría al ejecutar, siendo Turncrantz el pegamento que mantiene todo unido. Junto a Cook, ambos logran un muro sumamente sólido e impenetrable que edifica una auténtica pared de sonido raramente concretada por otras bandas y que, irónicamente, muchas se jactan tener. Por su parte, Sullivan se nota concentrado. Pisa las cuerdas con elegancia, mira hacia abajo durante casi toda la pieza y colorea el lienzo proporcionado por sus dos compañeros.

Vorel es la primera de Guidance en sonar, además de Mota y Afrika. Composiciones brutales donde Turncrantz denota un estilo mucho más refinado y propio. Remite a nombres grandes como John Bonham o Ian Paice. Estas tres canciones logran una narrativa mejor trabajada gracias a las texturas y armonías de Sullivan, que son aún más perceptibles en vivo dada la particular intensidad con la que el trío se desenvuelve en el escenario y la frescura con la que esta última producción todavía cuenta.

Es momento de ir al grano. Geneva y Deficit son las elegidas; golpean en la cara repentinamente, sin avisar. Cook potencializa las piezas con un bajo simple que se siente en la frente y penetra hasta el cráneo. Dinámicas casi palpables, muy densas. Una perfecta sincronización con los beats de Turncrantz hacen todo más comprimido y groovy. Las últimas vueltas de Geneva caen en lo kraut y un público completamente hipnotizado es la prueba.

Dave comienza con Harper Lewis, una de las composiciones icónicas de la banda y que es bien recibida los fans. En canciones como esta es donde se puede apreciar el factor rudimental que Russian Circles posee y es tan difícil conseguir: mantener algo simple, básico y no explicarlo de más. Absorber a la audiencia y nunca dejarla ir.

El postre es Youngblood. Una canción con un riff visceral de muchos matices. Algunos breakdowns son llenados por la tarola de Turncrantz para volver sutilmente y poco a poco, tenso, mirando a los ojos y culminar en una masa trágica donde todo choca.

Cuando los restos de la última nota llegan a su fin, queda bastante claro que hay algo separando a Russian Circles de otras bandas de géneros afines: el trío se enfoca en mantener una experiencia singularmente intensa, sin preocuparse por el virtuosismo y la pretensión. Ejecutan como pocos y logran vibrar de una manera sublime para versar su música sin necesidad de una voz. Aprendamos del desapego.

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